Un alto comandante del Comando Norte reconoció que las Fuerzas Armadas no cuentan con sensores suficientes para detectar y enfrentar un eventual enjambre de drones en todas las regiones del país. La amenaza plantea nuevos desafíos para una estructura de defensa diseñada durante la Guerra Fría.
El Ejército de Estados Unidos reconoció una vulnerabilidad en su sistema de defensa aérea frente a una amenaza que ganó relevancia en los últimos años: los ataques masivos con drones. El general de división Joseph Jarrad, vicecomandante del Comando Norte de Estados Unidos (NORTHCOM) y número dos del componente estadounidense del NORAD, admitió que el país no está preparado para responder a un eventual enjambre de estos dispositivos en todas las zonas de su territorio.
La advertencia fue realizada durante el Simposio de Defensa Espacial y de Misiles (SMD), llevado a cabo en Huntsville, Alabama. Consultado sobre la capacidad estadounidense para enfrentar un ataque de estas características dentro del país, Jarrad señaló que existen regiones donde las Fuerzas Armadas no disponen de los sensores necesarios para localizar y seguir a los drones antes de que puedan alcanzar sus objetivos.
El problema, según explicó el militar, no se limita a la disponibilidad de sistemas capaces de derribar estos aparatos. La primera dificultad consiste en detectarlos a tiempo. Dependiendo del lugar desde donde se origine un ataque, un enjambre podría desplazarse sin ser identificado por los sistemas de vigilancia disponibles.
El antecedente de la Operación Telaraña
Uno de los episodios que puso de manifiesto la capacidad de los drones para alcanzar objetivos ubicados lejos de las zonas de combate fue la Operación Telaraña, realizada por Ucrania en junio de 2025 contra instalaciones de aviación estratégica de Rusia.
En aquella operación, los drones fueron transportados ocultos en camiones hasta las proximidades de instalaciones militares situadas en el interior del territorio ruso. El ataque mostró que vehículos no tripulados relativamente pequeños pueden ser utilizados para alcanzar objetivos ubicados a cientos de kilómetros del frente y resultar difíciles de detectar.
Este tipo de escenario preocupa especialmente a Estados Unidos por las denominadas amenazas de “campo cercano”, es decir, ataques que podrían comenzar dentro del propio territorio estadounidense o desde áreas próximas a sus fronteras.
La situación también tiene como antecedente un episodio ocurrido este año en Irak, cuando un dron FPV operado por una milicia respaldada por Irán impactó contra un helicóptero Black Hawk que se encontraba estacionado en una base estadounidense. El hecho volvió a evidenciar la vulnerabilidad de instalaciones militares frente a dispositivos pequeños y de bajo costo.
Una estructura de defensa diseñada para otra amenaza
La advertencia de Jarrad expone además una dificultad estructural del NORAD, organismo cuya arquitectura fue desarrollada durante la Guerra Fría para detectar principalmente bombarderos y misiles soviéticos que pudieran aproximarse desde el Ártico.
Las amenazas actuales presentan características diferentes. Misiles hipersónicos, ciberataques y drones pueden desplazarse desde distintas direcciones y operar a diferentes alturas y velocidades. Incluso un vehículo ubicado cerca de una instalación estratégica podría ser utilizado como plataforma para lanzar drones.
Como respuesta parcial, NORTHCOM comenzó a desplegar sistemas antidrones de instalación rápida, conocidos como fly-away kits, destinados a reforzar instalaciones consideradas vulnerables y facilitar la detección y neutralización de pequeños vehículos aéreos no tripulados.
El problema de las reglas para responder
Jarrad también señaló otro obstáculo relacionado con las reglas de enfrentamiento y las autorizaciones necesarias para utilizar sistemas antidrones. Según explicó, algunos de estos procedimientos no siempre se encuentran actualizados frente a la evolución de la amenaza.
El mando busca tomar como referencia las lecciones de la Operación Noble Eagle, creada después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 para fortalecer la defensa aérea del territorio estadounidense.
La intención es trasladar ese modelo de coordinación y respuesta al escenario actual, incorporando también a las fuerzas de seguridad locales.
Sin embargo, existe una dificultad adicional: muchos de los posibles objetivos de un ataque con drones, como centrales eléctricas, puertos, aeropuertos e instalaciones industriales, no se encuentran bajo control directo de las Fuerzas Armadas.
