La novela Maldita, de Florencia Canale, retoma la historia de la aristócrata húngara del siglo XVI acusada de asesinar a decenas de jóvenes y reconstruye la transformación de su figura en un mito de la cultura popular. La autora vuelve sobre una obsesión que atraviesa siglos de relatos: la búsqueda de una juventud que nunca desaparezca.
La noche del 29 de diciembre de 1610, cuando faltaban pocos días para el comienzo de un nuevo año, el palatino György Thurzó llegó al castillo de Csejte acompañado por una comitiva armada. El lugar se encontraba en el noroeste del entonces reino de Hungría y actualmente corresponde a Čachtice, en Eslovaquia.
Thurzó ocupaba uno de los cargos más importantes del reino, solo por debajo del monarca. Además, mantenía vínculos familiares con la mujer a la que había ido a buscar: Erzsébet Báthory, una aristócrata viuda de un reconocido combatiente de las guerras contra los turcos y sobrina de un príncipe de Transilvania que también había llegado a ocupar el trono de Polonia.
De acuerdo con una carta que el propio Thurzó escribió a su esposa durante esos días, al ingresar al castillo encontraron el cuerpo sin vida de una joven y a otras muchachas heridas o encerradas.
Báthory tenía entonces 50 años. Desde aquella noche ya no volvería a abandonar Csejte. Murió allí el 21 de agosto de 1614, recluida en unas habitaciones cuyas ventanas, según el relato que se transmitió durante generaciones, fueron tapiadas y dejaron solamente una pequeña abertura para recibir alimentos.
Con el paso de los siglos, aquella aristócrata histórica terminó convertida en un personaje completamente diferente: la Condesa Sangrienta. La leyenda la presentó como una mujer que se bañaba en sangre de jóvenes vírgenes para conservar su belleza, como una especie de vampira histórica y hasta como la mujer a la que se atribuye uno de los mayores números de asesinatos registrados, según el Libro Guinness de los récords.
Su figura también atravesó diferentes expresiones artísticas. Inspiró a surrealistas, poetas argentinas, cineastas de terror de la Hammer, grupos suecos de black metal y hasta una temporada de American Horror Story.
Ahora, la escritora argentina Florencia Canale incorpora un nuevo capítulo a esa extensa tradición con Maldita, una novela que recupera la figura de Báthory y coloca en el centro de la historia su supuesta obsesión por conservar la juventud.
Una aristócrata poderosa de Europa central
Erzsébet Báthory nació el 7 de agosto de 1560 en Nyírbátor, en el este de Hungría, dentro de una de las familias más poderosas de Europa central.
La familia Báthory estaba dividida en dos ramas, Ecsed y Somlyó, y los padres de Erzsébet pertenecían cada uno a una de ellas. Esa pertenencia familiar significaba para la niña una importante concentración de propiedades, pero también una marcada endogamia.
Su formación fue excepcional para una mujer de su época, incluso considerando su posición social. Aprendió a leer y escribir en húngaro y se le atribuyen conocimientos de latín y alemán. Parte de su correspondencia sobrevivió y permite observar a una mujer involucrada en la administración de sus bienes, pendiente de las cuentas y de diferentes conflictos judiciales.
Cuando tenía 14 años, quedó comprometida con Ferenc Nádasdy. La boda tuvo lugar el 8 de mayo de 1575, en el palacio de Varannó, y la pareja tuvo varios hijos.
Nádasdy murió el 4 de enero de 1604. Después de su muerte comenzaron a adquirir mayor fuerza los rumores acerca de lo que sucedía en los castillos de la viuda, versiones que, según algunos testimonios, ya circulaban desde antes y finalmente llegaron hasta la corte.
Una investigación y un juicio sin la condesa en el banquillo
A comienzos de 1610, Thurzó dispuso una investigación. Sus notarios reunieron cerca de 300 testimonios.
El proceso judicial se desarrolló entre el 2 y el 7 de enero de 1611 en Bytča. Sin embargo, Báthory no estuvo en el banquillo de los acusados. Quienes fueron juzgados fueron cuatro de sus servidores, que habían confesado bajo tortura y posteriormente recibieron severos castigos.
Un dato resulta particularmente relevante cuando se analiza la construcción posterior del mito: ninguno de los testimonios recogidos durante el proceso menciona la sangre como cosmético.
No aparece allí la versión según la cual la condesa se bañaba en sangre ni la bebía con el objetivo de conservar su juventud.
Esa imagen apareció impresa mucho después, en 1729, en la Tragica Historia que el jesuita László Turóczi incorporó a una historia de Hungría escrita en latín.
Según el relato de Turóczi, una criada habría tirado accidentalmente del cabello de la condesa mientras la peinaba. Báthory habría reaccionado golpeándola hasta hacerla sangrar por la nariz. Una parte de esa sangre habría salpicado la mano de la aristócrata y, al limpiarse, habría creído que la piel de esa zona se veía más blanca y tersa.
A partir de ese episodio, el relato sostiene que las jóvenes comenzaron a morir para llenar una bañera con su sangre.
Fue esa versión la que terminó imponiéndose en la literatura y en la cultura popular.
De la leyenda histórica a la literatura
En 1874, Leopold von Sacher-Masoch, escritor cuyo apellido dio origen al término masoquismo, publicó un relato llamado Juventud eterna. En esa historia, Báthory mata para preservar su belleza.
Durante el siglo XX también apareció la hipótesis de que Bram Stoker pudo haberse inspirado en la aristócrata húngara para construir algunos elementos de Drácula, publicada en 1897.
Pero el texto que terminó convirtiendo a Báthory en una figura literaria de enorme relevancia fue Erzsébet Báthory, la condesa sangrienta, de la poeta surrealista Valentine Penrose, publicado en 1962.
Penrose trabajó con documentos, cartas y actas, pero organizó ese material desde una perspectiva poética. Su libro incorporó además una fuerte dimensión erótica y sáfica, que posteriormente fue objeto de numerosos debates críticos.
En su interpretación, Báthory aparece simultáneamente como una figura vinculada al deseo y al terror, mientras que la narradora no mantiene siempre una distancia clara respecto de su protagonista.
La mirada de Alejandra Pizarnik
Tres años después de la publicación del libro de Penrose, Alejandra Pizarnik escribió una reseña que terminó convirtiéndose en uno de los textos en prosa más destacados de la literatura argentina.
Pizarnik estructuró su trabajo a través de una introducción y 11 fragmentos breves, cuyos títulos incluyen “La virgen de hierro”, “Muerte por agua”, “La jaula mortal”, “Baños de sangre” y “El espejo de la melancolía”.
El cierre de aquel texto se convirtió en una de las frases más recordadas de Pizarnik. Allí plantea que la condesa constituye otra evidencia de que la libertad absoluta de la criatura humana puede resultar horrible.
La figura de Báthory continuó transformándose con el paso del tiempo y encontró nuevas interpretaciones en la novela histórica.
Nuevas versiones desde los años 90
A partir de la década de 1990, la literatura histórica en lengua inglesa retomó con fuerza el personaje.
El escritor rumano-estadounidense Andrei Codrescu publicó en 1995 La condesa sangrienta, una obra que alterna la historia de Báthory con la de un descendiente contemporáneo situado en la Hungría posterior al comunismo.
Más tarde, en 2010, Rebecca Johns publicó La condesa y eligió contar la historia desde la primera persona. La obra adopta la forma de una extensa carta escrita durante el encierro de la aristócrata.
En esa versión, Báthory aparece como una mujer consciente y lúcida, convencida de que tenía derecho a disciplinar a sus sirvientas, pero también como alguien que se considera víctima de una conspiración.
Maldita: la juventud como obsesión contemporánea
En ese recorrido se inscribe ahora Maldita, la nueva novela de Florencia Canale.
La autora recupera la historia de Báthory en un contexto en el que la figura de la condesa vuelve a funcionar como una representación de una preocupación que atraviesa la época actual: el deseo de conservar indefinidamente determinados rasgos asociados con la juventud.
La novela se desarrolla entre los bosques y las montañas heladas de Europa central y presenta a su protagonista dominada por una obsesión: alcanzar la juventud eterna.
En ese universo, la sangre aparece como un supuesto elixir, medicina y conjuro, retomando así el elemento que terminó convirtiéndose en una de las principales características del mito, aunque no figure en los testimonios originales del proceso judicial.
Para construir la novela, Florencia Canale viajó por Eslovaquia, Hungría y Austria y recorrió castillos relacionados con la historia de la condesa.
Su trabajo parte de una investigación histórica profunda que busca reconstruir la época, sus costumbres, sus desafíos y las riquezas de aquella sociedad. La autora utiliza ese conocimiento para construir una ficción que vuelve a mirar a Báthory desde el presente.
En esa lectura, la conexión entre la aristócrata y la actualidad se encuentra principalmente en la belleza, más que en el poder. El espejo ocupa un lugar central y funciona como una vía para pensar la relación entre la mujer y su propia imagen.
Ese enfoque acerca la novela de Canale a la interpretación de Pizarnik, cuya Báthory también aparece enfrentada al espejo, y la diferencia de las lecturas políticas realizadas por Nagy y Jakubisko.
Una leyenda que sigue cambiando
El interrogante que plantea Maldita se encuentra justamente en esa relación entre historia, mito y presente.
La novela pregunta si el mandato de la belleza permite explicar la conducta atribuida a Báthory o si, en realidad, la historia de la condesa funciona como una excusa para hablar de ese mismo mandato.
Ambas posibilidades pueden parecer diferentes y, al mismo tiempo, estar profundamente conectadas.
A más de cuatro siglos de la muerte de Erzsébet Báthory, su figura continúa transformándose. La historia documentada, los relatos construidos posteriormente y las sucesivas interpretaciones artísticas dieron forma a una mujer que dejó de ser solamente una aristócrata húngara del siglo XVI para convertirse en un personaje capaz de reaparecer, una y otra vez, en la literatura y en la cultura popular.
Con Maldita, Florencia Canale vuelve a poner esa leyenda en circulación y la conecta con una preocupación que sigue vigente: cuánto pesa sobre las mujeres el mandato de conservar la juventud y la belleza.
