La obra dirigida por Daniel Moreno lleva al escenario del Patio de los Actores la novela de Andrés Rivera. Ambientada después de la caída de Rosas, expone una relación atravesada por la dominación, la violencia sexual y una rebeldía que también puede reproducir aquello que busca combatir.
Sexo, sometimiento, humillación y poder. En La sierva, esos elementos se entrelazan para mostrar una relación en la que el dominio sobre el cuerpo también funciona como una forma de control absoluto sobre la vida de otra persona.
La obra teatral que actualmente se presenta en el Patio de los Actores adapta la novela homónima de Andrés Rivera y recupera una historia situada en la Argentina del siglo XIX, poco después de la caída de Juan Manuel de Rosas.
La puesta está dirigida por Daniel Moreno, quien anteriormente llevó al escenario Cuarteles de invierno, basada en la novela de Osvaldo Soriano. En este caso, la decisión fue mantener una marcada fidelidad al texto de Rivera, una elección que permite conservar tanto su crudeza como su particular belleza literaria.
La historia tiene como protagonista a Lucrecia, interpretada por Rosario Suban, cuya actuación adquiere mayor intensidad a medida que avanza la obra. Es una mujer que vive como sirvienta y esclava sexual de Saúl Bedoya, encarnado por Darío Serantes, un juez culto y refinado que forma parte de una burguesía en ascenso.
Bedoya reúne poder público, dinero, tierras e influencia social. Lucrecia, en principio, podría marcharse, pero no lo hace. Sin embargo, esa aparente posibilidad de elegir está condicionada por una circunstancia decisiva: Bedoya tiene en sus manos la causa por un asesinato en el que ella está involucrada.
La situación plantea así una relación de poder en la que resulta difícil para Lucrecia enfrentarse a los requerimientos sexuales de su patrón, incluso cuando estos son violentos y degradantes.
Un asesinato que atraviesa toda la historia
El crimen tiene como víctima a Negretti, otro propietario, un artista italiano nostálgico del orden rosista, interpretado por Daniel Toppino.
Negretti presume de haber comprado a la madre de Lucrecia y también ejerce sobre ella una violencia sexual y humillante. La llama “ternerita” y le impone distintas formas de sometimiento.
El personaje resulta incluso más repulsivo que Bedoya. Su contradicción es particularmente marcada: mientras reivindica la cultura y la civilización europeas, se comporta con una brutalidad extrema en el contexto de la pampa.
Su manera de hablar incorpora un acento que podría generar una dimensión farsesca, pero la situación que representa impide que esa característica se convierta realmente en algo gracioso.
La crudeza de la puesta puede resultar difícil de soportar. Sin embargo, a medida que transcurren los minutos, el espectador comienza a acostumbrarse a aquello que inicialmente aparece como insoportable.
Y allí aparece una de las cuestiones centrales que plantea Rivera: cómo la violencia puede naturalizarse, cómo el maltrato termina incorporándose a la vida cotidiana y cómo aquello que debería resultar intolerable llega a ser soportado.
Lucrecia también quiere convertirse en patrona
La historia incorpora además una dimensión que complejiza el enfrentamiento entre víctima y victimario.
Lucrecia tiene ambiciones. Su deseo no consiste únicamente en destruir el sistema que la somete, sino también en ocupar el lugar de quien ejerce el poder sobre ella.
Quiere la chacra del italiano. Quiere convertirse en patrona y tener a su disposición una sirvienta que la atienda y se humille frente a ella del mismo modo en que actualmente la humillan.
Esa aspiración introduce una vuelta de tuerca en la historia: la rebeldía puede transformarse en deseo de venganza y, al mismo tiempo, en reproducción de las mismas estructuras de dominación.
La semilla de la resistencia aparece dentro de una situación de sometimiento, pero también puede convertirse en una nueva forma de violencia.
Andrés Rivera y una literatura atravesada por la historia
Andrés Rivera nació en Buenos Aires en 1928 y murió en Córdoba en 2016. Hijo de inmigrantes judíos provenientes de Europa del Este, su apellido de nacimiento era Ribak.
Al igual que su padre, trabajó como obrero textil y se vinculó al Partido Comunista antes de dedicarse al periodismo y a la literatura.
En sus novelas aparecen los trabajadores judíos que conocía de cerca, como ocurre en Nada que perder y El verdugo en el umbral, pero también desarrolló una importante obra relacionada con la historia argentina, siempre conectada con las preocupaciones del presente.
Uno de sus mayores éxitos fue La revolución es un sueño eterno, protagonizada por Juan José Castelli, a quien Rivera presenta como “el orador de la Revolución” y que, paradójicamente, padece cáncer de lengua.
Rivera también escribió una novela centrada en Rosas, El farmer. Ambas obras llegaron posteriormente al teatro. El farmer tuvo una versión protagonizada por Rodrigo de la Serna y dirigida por Pompeyo Audivert.
Su literatura utilizó la historia como una forma de explorar los conflictos del alma humana y, al mismo tiempo, esos conflictos como una manera de hablar sobre su propia época y sobre la opresión.
En ese recorrido, Rivera construyó una mirada sin atenuantes y alejada de cualquier intento de suavizar las situaciones que narraba.
El sexo como otra forma de poder
En La sierva, el sexo funciona como una de las principales herramientas de dominación.
La historia no presenta una división sencilla entre buenos y malos. Los vínculos están atravesados por contradicciones, violencia, deseo, sometimiento y pensamientos de supervivencia.
La obra muestra incluso la excitación que puede producir el maltrato en quien lo ejerce, las distintas formas que puede adquirir la venganza y las estrategias mentales que desarrolla una persona oprimida para poder soportar su situación.
En determinados momentos, Lucrecia parece ausentarse de su propio cuerpo como una forma de atravesar lo que está viviendo y conservar la posibilidad de imaginar un futuro diferente.
La obra cuestiona a esos “caballeros” que aceptan ser servidos por alguien que, en los hechos, es una esclava, y que incluso pretenden encontrar placer en esa relación de sometimiento.
Aunque en determinados momentos Lucrecia tome el látigo y pronuncie órdenes, la obra plantea que no existe un acto sexual en La sierva que no esté atravesado por la violación y el sometimiento.
La pregunta entonces también alcanza a la protagonista: ¿puede existir deseo en ese lugar de sometimiento?
La manera en que Lucrecia se distancia, deja su expresión y parece ausentarse de la situación permite interpretar que no. Su alivio aparece cuando consigue imaginar que, algún día, las cosas podrían cambiar.
La estructura del poder permanece
La obra deja así una última reflexión: la maquinaria del poder continúa funcionando incluso cuando cambian quienes ocupan sus lugares.
Si el deseo de Lucrecia consiste únicamente en reemplazar a quien hoy la oprime, el cambio de posiciones no necesariamente modifica la estructura.
Si la tortilla se da vuelta, pueden cambiar los protagonistas, pero la lógica de dominación puede permanecer intacta.
Con una duración de 75 minutos, La sierva propone una experiencia teatral intensa, marcada por actuaciones sólidas, tensión, angustia, indignación y emoción.
