El gobierno nacional inauguró de forma permanente la costosa restauración del baño pompeyano de Josefina de Alvear en la avenida del Libertador, reavivando las quejas por el uso de los fondos públicos.
La opulencia de la oligarquía porteña vuelve a quedar expuesta en las salas estatales y desata una ola de cuestionamientos sobre las prioridades de la gestión cultural en la Capital Federal. El Museo Nacional de Arte Decorativo habilitó el ingreso a un espacio privado que permanecía oculto, un lujosísimo tocador de estilo romano con cúpula pintada y espejos extravagantes que perteneció a las familias más ricas del siglo pasado, provocando encendidos debates en las redes entre quienes exigen que el Estado deje de financiar el mantenimiento de las excentricidades del pasado aristocrático.
La apertura de este espacio inédito, ubicado en el palacio de la avenida del Libertador 1902, se concretó luego de un minucioso y costoso proceso de restauración edilicia. El denominado baño pompeyano era de uso exclusivo para Josefina de Alvear, y los detalles decorativos con motivos de la antigua Pompeya exponen el nivel de despilfarro y desconexión de una clase social que pretendía vivir como la realeza europea mientras gobernaba el país.
El acceso al polémico sector se mantiene de forma gratuita, pero la decisión de destinar recursos públicos y personal estatal a la conservación de sanitarios de la elite genera un profundo malestar ciudadano. Diversos sectores de la sociedad civil critican con dureza que las áreas gubernamentales prioricen el brillo de las mansiones de Recoleta mientras los museos de los barrios populares sufren la falta de presupuesto crónica y el abandono edilicio.
El conflicto escaló rápidamente entre los defensores del patrimonio histórico arquitectónico y los contribuyentes que exigen un recorte drástico en los gastos considerados superfluos. Las críticas apuntan a que la exhibición permanente de estos templos al egocentrismo oligárquico no aporta soluciones reales a la crisis cultural y sólo sirve para que los sectores acomodados de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires consuman un relato de nostalgia clasista.
La puesta en valor de este rincón de la opulencia deja la discusión abierta sobre el rol real de los espacios financiados por el fisco. Con el baño abierto al público en sus horarios semanales habituales, la polémica promete trasladarse a las puertas del propio palacio aristocrático durante los fines de semana, obligando a las autoridades a replantear el destino de las futuras partidas presupuestarias.
