A los 14 años quiso quitarse la vida tras el suicidio de su novia; hoy Natanael Martínez alimenta a 120 vecinos por día y denuncia el abandono total en el sur de la Ciudad.
Mientras los políticos se pelean por carteles en el centro, en el Barrio 20 de Villa Lugano la gente sobrevive a pulmón. Natanael tiene 27 años y una historia que te parte al medio: pasó hambre, perdió a su pareja por un suicidio y estuvo a punto de seguir el mismo camino. Pero en lugar de rendirse, agarró un carrito y se convirtió en la última red de seguridad de un barrio donde el Estado parece no haber llegado nunca.
La realidad es cruda y no admite vueltas. Natanael reparte 120 porciones diarias gracias a la solidaridad de los comerciantes locales, porque sabe que para muchos de sus vecinos ese es el único plato del día. Se encuentra con pibes como Lionel, de 13 años, que no van a la escuela porque no tienen ni mochila ni guardapolvo. ¿Cómo se supone que un chico piense en su futuro si tiene la panza vacía hoy?
El relato de Natanael es un cachetazo para la «comodidad» porteña. Cuenta que intentó estudiar Psicología en la UBA, pero tuvo que dejar porque el viaje era eterno y el carrito no podía esperar. En Lugano, estudiar es un lujo que compite contra la urgencia de comer. Los pibes no tienen sueños, tienen hambre; y la brecha entre estudiar o salir a laburar para no morir se vuelve una trampa mortal que termina, muchas veces, en la droga.
Natanael no solo entrega comida; entrega escucha. Creó grupos de salud mental en redes para que los pibes del barrio no se sientan tan solos como él se sintió. Es un referente que trabaja en negro, que estampa tazas y remeras para mantener a sus padres, y que encima se carga al hombro el hambre ajeno. ¿Hasta cuándo vamos a mirar para otro lado mientras el sur de la Ciudad se desangra?
La pregunta es inevitable: ¿Dónde están los recursos de la Ciudad más rica del país cuando un pibe de 27 años tiene que hacer el laburo que le corresponde al Gobierno? Natanael sueña con una fundación, pero por ahora solo tiene su carrito y la voluntad de hierro para que ningún chico de su cuadra se rinda.
