La nueva exposición de Mariano Benavente desembarca en plena Ciudad con una propuesta que mezcla ramos de flores marchitas con discos y libros viejos, encendiendo la polémica sobre qué merece ser expuesto.
La Casa Nacional del Bicentenario se convierte en el escenario de una disputa estética con la inauguración de “Ceremonias para el fin de un verano”. Mariano Benavente presenta cuadros de gran formato donde la belleza de lo que se pudre intenta convivir con la cultura material, en una apuesta que busca detener el tiempo en un espacio público que siempre da que hablar.
¿Es arte o simplemente una acumulación de nostalgia efímera pagada por el Estado? La muestra utiliza la fragilidad de las flores y objetos cotidianos para interpelar al visitante sobre la fugacidad de la vida, pero en los pasillos de la calle Riobamba ya se siente el clima de debate sobre el sentido de estas puestas en la agenda cultural actual.
La exhibición estará abierta de miércoles a domingos, un horario que para muchos resulta limitado para una propuesta que pretende ser masiva. Con elementos asociados a la experiencia íntima, Benavente busca que lo fugaz se vuelva duradero, aunque para los críticos más ácidos, lo que permanece es la duda sobre el impacto real de estas obras en el ciudadano de a pie.
Mientras algunos celebran la introspección y el uso de la pintura como medio de resistencia, otros ven en estos objetos culturales —libros y fotografías rodeando ramos de flores— una mirada demasiado ombliguista para los tiempos que corren. La cita es en Riobamba 985, un punto neurálgico de la cultura porteña que vuelve a estar en el ojo de la tormenta.
La exposición permanecerá disponible hasta mayo, dejando abierta la pregunta sobre si estas ceremonias logran capturar la esencia del tiempo o si son solo un intento pretencioso de evitar lo inevitable.
