La histórica fábrica de electrodomésticos busca aire tras un balance en rojo y lanza una alianza comercial para dar pelea en las góndolas porteñas.
El gigante Longvie, que arrastra una crisis financiera profunda con pérdidas multimillonarias, acaba de cerrar un acuerdo para fabricar y vender productos bajo el nombre de Universal. En un movimiento que muchos ven como un manotazo de ahogado ante la caída del consumo en la Capital, la empresa de la familia Zimmermann apuesta a una marca licenciada para intentar frenar el avance de los productos importados.
La noticia sacudió al sector industrial porque evidencia la fragilidad de los fabricantes nacionales. Mientras los balances del 2025 mostraron un rojo operativo que asusta a cualquiera, la firma porteña se abraza a la exclusividad de comercialización de la marca de CaBosch para no perder terreno frente a sus competidores más feroces.
Pero no todo es oficina y contratos. La empresa también puso un pie en el acelerador con una inversión de un millón de dólares en una nueva planta de termotanques. El objetivo es claro: ser más eficientes o morir en el intento, especialmente ahora que el bolsillo del vecino no perdona y el crédito para comprar una cocina o un calefón todavía es un espejismo.
La movida genera dudas razonables entre los consumidores y analistas del mercado. ¿Alcanza con cambiar la etiqueta de los productos para seducir a un público que hoy mira cada centavo? La estrategia de reducción «agresiva» de costos y la importación de productos terminados marca el nuevo camino de una empresa que supo ser orgullo nacional.
El futuro de seiscientos puestos de trabajo depende de que esta jugada maestra funcione. ¿Es este el renacer de un clásico o el principio del fin para la producción propia? El debate sobre la supervivencia de la industria local está más caliente que nunca.
