Rodney Alcala participó de un reality de citas mientras violaba y mataba mujeres de la forma más cruel. Su coeficiente intelectual de 135 solo le sirvió para burlarse de la Justicia durante décadas.
La televisión estadounidense vivió su momento más oscuro el día que puso al aire a Rodney Alcala. Presentado como un fotógrafo exitoso y soltero codiciado en un programa de citas, el hombre escondía un prontuario de terror: ya era un asesino serial que disfrutaba estrangulando a sus víctimas hasta el desmayo para despertarlas y volver a empezar. El «genio» que se codeaba con directores de cine en Nueva York resultó ser un depredador que coleccionaba joyas de sus víctimas como trofeos de guerra.
Lo que indigna a cualquier vecino que hoy pide seguridad es cómo un tipo con diagnóstico de psicópata y antecedentes de abuso infantil caminaba libre por las calles. Alcala usaba su cámara de fotos como anzuelo, prometiendo fama a chicas jóvenes para llevarlas a lugares aislados. Allí, la «ferocidad brutal» que describieron los fiscales no tenía límites: mordidas, golpes con martillos y una saña que ni las películas de terror se animan a mostrar.
En 1978, la producción del programa «The Dating Game» lo sentó frente a millones de espectadores sin siquiera chequear quién era. Ganó el concurso, pero la mujer que debía salir con él tuvo un pálpito que le salvó la vida: lo vio «perturbador» y canceló la cita. Mientras tanto, la policía seguía descartando sospechosos, incapaz de ver que el asesino estaba sonriendo en horario estelar.
El caso de la pequeña Tali Shapiro, de apenas 8 años, fue el primer aviso que el sistema ignoró. A pesar de encontrarla bañada en sangre y con el cráneo destrozado por una barra de metal, Alcala logró escaparse y seguir matando durante diez años más. Fue un «estudiante de honor» que se burló de los jueces actuando como su propio abogado, preguntándose cosas a sí mismo frente al jurado en un show dantesco.
Incluso después de ser condenado a muerte tres veces, el sistema judicial de California fue tan lento que Alcala murió de viejo en un hospital, sin que la inyección letal llegara a tocarlo nunca. Se llevó a la tumba el secreto de cuántas mujeres mató realmente, aunque en su casillero de recuerdos quedaron cientos de fotos de víctimas que el ADN recién hoy está empezando a identificar.
Murió sin pagar por todo el dolor causado, dejando abierta la pregunta de cuántos «monstruos seductores» pueden estar hoy mismo cruzándose con nosotros en la calle o apareciendo en nuestras pantallas.
