Tras consumar el fracaso de quedar eliminado de la Copa Libertadores a manos de Universidad Católica, el Xeneize deberá disputar los playoffs de la Copa Sudamericana frente a O’Higgins de Chile. El verdadero enemigo del club de La Ribera no será solo el rival, sino un calendario doméstico paralizado que lo obliga a llegar al cruce crucial con rodaje cero.
El golpe de la eliminación en la Copa Libertadores todavía genera réplicas en el Mundo Boca, pero el fútbol continental no concede tiempo para los lamentos. El equipo que conduce tácticamente la Ribera conoció su destino inmediato en los playoffs de la Copa Sudamericana, donde se verá las caras contra O’Higgins. Sin embargo, más allá de los nombres propios del conjunto chileno, la verdadera alarma que se encendió en las oficinas de Capital Federal pasa por un abismo organizativo y de competencia que pone en riesgo el futuro internacional del club.
La desventaja logística es tan concreta como preocupante: mientras el torneo local y la Copa Chile mantendrán a O’Higgins con un ritmo infernal de siete partidos oficiales en fila antes de la semana clave del 20 de julio, Boca llegará al duelo de ida con una inactividad absoluta en el plano formal. Esta parálisis competitiva fuerza al Xeneize a afrontar una instancia de eliminación directa confiando exclusivamente en amistosos a puertas cerradas y entrenamientos tácticos, otorgando una ventaja inadmisible para las exigencias de un club de su envergadura.
Desde el país trasandino, el director técnico de O’Higgins, el argentino Lucas Bovaglio, evitó cualquier tipo de subestimación pero dejó en claro que su plantel no se achicará ante la mística de la camiseta azul y oro. «Boca es un grande del continente. Nos tocó uno de los rivales más difíciles que podíamos tener. Pero este es un desafío más para el equipo», remarcó el entrenador. Asimismo, Bovaglio desnudó la realidad del presente de su rival al recordar que enfrentarán a un oponente armado con presupuesto y nombres para coronarse en la Libertadores y que hoy deambula en la Sudamericana: «Sabemos que para jugar estos partidos no puedes equivocarte y tienes que rendir al máximo», concluyó.
Un camino sembrado de espinas
El escollo chileno promete ser severo. O’Higgins selló su clasificación tras una sólida fase de grupos en la que cosechó 10 unidades en el Grupo C, compitiendo de igual a igual contra São Paulo, Millonarios y Boston River. Por estrictas exigencias reglamentarias de la Conmebol respecto a la capacidad de los recintos, la localía de los chilenos se mudará del Estadio Teniente de Rancagua al imponente Estadio Nacional de Santiago, un escenario que albergará la vuelta de una serie que Boca se ve obligado a cerrar como visitante.
Para el Xeneize, la Sudamericana dejó de ser un premio consuelo para transformarse en una obligación institucional que, de no cumplirse, desatará una crisis profunda. Si logra superar la falta de ritmo y despachar a O’Higgins, el horizonte no ofrece ningún tipo de tregua. En los octavos de final ya espera Recoleta FC, el sorpresivo conjunto paraguayo que viene de eliminar a San Lorenzo en el mismísimo Nuevo Gasómetro. El cuadro proyectado hacia adelante expone un sendero minado: posibles cruces con potencias brasileñas como Grêmio o São Paulo en cuartos, y un eventual Superclásico ante River en semifinales. El camino es largo, hostil y arranca torcido por culpa de un calendario que condena a Boca a correr de atrás desde el primer minuto.
