El actor norirlandés volvió al escenario donde inició su carrera en 1984 y participa de dos clásicos: La tempestad, de Shakespeare, y El jardín de los cerezos, de Chéjov. Dos obras atravesadas por los cambios, los regresos y el paso del tiempo que dialogan sutilmente con su propia historia artística.
Kenneth Branagh tenía apenas 23 años cuando pisó por primera vez el escenario de la Royal Shakespeare Company en Stratford-upon-Avon, Inglaterra. Fue en 1984, cuando interpretó el papel principal en una producción de Enrique V. Permaneció tres años en la compañía y, tiempo después, dirigió y protagonizó una importante adaptación cinematográfica de esa misma obra, que le valió dos nominaciones al Oscar y lo convirtió en una figura reconocida a nivel internacional.
Más de cuatro décadas después de aquel debut, Branagh regresó a Stratford para participar en dos producciones consecutivas de clásicos de Chéjov y Shakespeare. Ambas obras, de diferentes maneras, presentan temas que encuentran resonancias con su propia trayectoria dentro de la Royal Shakespeare Company.
El jardín de los cerezos, estrenada recientemente y dirigida por Tamara Harvey, presenta una historia marcada por los regresos, las partidas, los recuerdos asociados a un lugar y el inevitable paso del tiempo. La obra, que permanecerá en cartel hasta el 29 de agosto, cuenta con una nueva adaptación de la dramaturga Laura Wade y tiene a Branagh en el papel de Lopakhin, un emprendedor hecho a sí mismo.
El personaje regresa a la finca donde su padre trabajó como siervo y le propone a su propietaria, Madame Ranyevskaya, interpretada por Helen Hunt, vender el lugar para solucionar sus problemas económicos. La mujer, agobiada por las deudas, acaba de regresar a su casa familiar después de pasar cinco años en París, pero su nostalgia le impide aceptar la propuesta de Lopakhin: derribar el querido huerto y construir casas de campo en su lugar.
Mientras Ranyevskaya permanece aferrada a sus recuerdos, Lopakhin intenta convencerla de que actúe. «¡Piénsalo!», le reclama.
En sintonía con la historia de raíces y regresos que atraviesa la obra, Branagh decidió interpretar a Lopakhin utilizando el marcado acento norirlandés de su infancia en el Belfast obrero. El actor y su familia se mudaron a Inglaterra cuando él tenía nueve años y, con el tiempo, adoptó un acento inglés.
Su Lopakhin aparece más cercano a la figura de un preocupado gerente bancario que a la de un empresario ambicioso. Sin embargo, esa interpretación refuerza el costado humano del personaje y su preocupación genuina por la situación de la familia. De esta manera, la construcción de Branagh parece acercarse a la descripción que Chéjov hizo de Lopakhin en una carta de 1903 dirigida al director teatral ruso Konstantin Stanislavski, donde pidió que fuera presentado como «una persona decente en todo sentido».
Lopakhin puede ser un comerciante ambicioso, pero en esta versión también funciona como una voz de la razón frente a una familia que se niega a aceptar el cambio.
Una familia atrapada entre el pasado y el futuro
Ranyevskaya y quienes la rodean atraviesan una situación económica compleja y buscan conservar su dignidad en medio de las dificultades. Ese clima se transmite también a través de la puesta en escena, con paredes verdes desgastadas y lonas tristes que cubren el suelo, elementos diseñados por Anna Fleischle.
El elenco acompaña ese tono con interpretaciones que resaltan las particularidades de cada personaje. Bill Pullman se destaca como Gaev, el hermano de Ranyevskaya, un hombre rígido, hablador y de vestimenta extravagante. Su confesión de haber gastado toda su fortuna en dulces resulta perfectamente creíble dentro de la construcción del personaje.
Guy Henry interpreta a Pishchik, un hombre ingenioso y afable que vive de los demás y que parece salido de una novela de P.G. Wodehouse. Por su parte, Michael Elwyn interpreta a Firs, un anciano sirviente que representa el patetismo de la vejez y considera que la emancipación de los siervos fue el comienzo del deterioro de la sociedad rusa.
El conjunto de personajes aporta una atmósfera casi caótica a la obra. En ese contexto, uno de los momentos más destacados ocurre cuando un Lopakhin ebrio de champán irrumpe en la escena culminante para anunciar que el huerto fue vendido en una subasta.
Cuando le preguntan quién fue el comprador, responde con un tono arrastrado, entre el orgullo y la vergüenza: «¡Ayyyy!» —es decir, él mismo.
Para la mayoría de los personajes, el desenlace representa la posibilidad de comenzar nuevamente. En esa idea, y también en el ascenso de Lopakhin desde un origen humilde hasta alcanzar una posición de poder, aparecen ciertos paralelismos con los primeros años de la carrera de Branagh.
En sus memorias de 1991, Beginning, el actor recordó cómo dejó atrás su acento norirlandés para avanzar en el mundo de la actuación y relató las tensiones que terminaron provocando su salida de la Royal Shakespeare Company en 1987.
Su paso inicial por Stratford fue decisivo para su formación profesional, aunque también estuvo marcado por conflictos con la dirección relacionados con la carga de trabajo y el salario. Finalmente, Branagh consideró que debía abandonar la compañía para poder desarrollar su carrera.
La decisión terminó dando sus frutos. Este julio, el actor regresó a la compañía como caballero y volvió a interpretar una obra de Shakespeare.
El regreso de Branagh a Shakespeare
Antes del estreno de El jardín de los cerezos, Branagh protagonizó durante cinco semanas La tempestad, en el papel del mago Próspero. Su interpretación tuvo un tono sereno y casi majestuoso.
Fue su primera aparición sobre un escenario de la Royal Shakespeare Company desde que interpretó a Hamlet entre 1992 y 1993.
En esta oportunidad, Branagh apareció vestido con una capa de mago, tomó una varita de maestro y dirigió la tormenta inicial de la obra. El fenómeno dispersa a un grupo de nobles y miembros de la realeza que naufragan y terminan en la isla encantada de Próspero.
Al igual que Lopakhin en El jardín de los cerezos, Próspero funciona como un agente del cambio. El personaje domina la isla y ejerce su autoridad sobre sus habitantes: el espíritu Ariel, interpretado por Amara Okereke; Calibán, su sirviente esclavizado, encarnado por Ashley Zhangazha; y su hija Miranda, interpretada por Ruby Stokes.
Sin embargo, su poder se expresa desde un lugar de magnanimidad serena y benevolente.
En uno de los pocos momentos de mayor espontaneidad de la interpretación, Miranda se despierta y se queja de sentir una «pesadez». Branagh responde moviendo las caderas y la anima de manera juguetona a «¡sacudirse la pesadez!».
La puesta en escena, dirigida por Richard Eyre, presentó una interpretación notablemente sobria y contenida, aunque en algunos momentos casi imperceptible. Ese estilo se complementó con el sonido y los elementos visuales.
La escenografía de Bob Crowley, dominada por los tonos naranja y azul, evocó el sol y el mar, mientras que el vestuario estuvo a cargo de Fotini Dimou.
Fragmentos de música interpretada con instrumentos tradicionales de África Occidental introdujeron una lectura vinculada con una posible alegoría poscolonial. En esa misma línea, el Calibán interpretado por Zhangazha se alejó de cualquier representación salvaje y apareció como un hombre común, casi como un contable de barrio.
La obra recuperó así su humanidad antes de que Próspero lo liberara, junto con Ariel, en una escena final de gran elegancia.
Branagh se arrodilló para renunciar a la «magia tosca» de Próspero. Después partió en dos su batuta de director, rompió sus partituras y abandonó el escenario. El telón desapareció y dejó al descubierto el espacio situado detrás de escena, mientras el hechizo se desvanecía.
La tempestad fue la última obra escrita por Shakespeare, mientras que El jardín de los cerezos ocupó un lugar similar en la producción de Chéjov. La decisión de presentarlas de manera consecutiva potencia sus rasgos elegíacos y hace inevitable pensar en el regreso de Branagh a la Royal Shakespeare Company como una suerte de despedida sentimental.
Sin embargo, el actor tiene 65 años y su regreso a Stratford demuestra que todavía tiene mucho para ofrecer. Más que un cierre definitivo, su vuelta al escenario que marcó sus comienzos parece representar la posibilidad de mirar hacia atrás para continuar avanzando.
