El famoso superávit del que tanto se jacta la Casa Rosada no es más que una ilusión contable que se sostiene dejando de pagar las cuentas básicas. Mientras el relato oficial habla de orden financiero, la Tesorería General de la Nación revela una realidad escalofriante: el 74% de ese resultado positivo se explica simplemente porque el Estado se guarda la plata de los proveedores, las obras y los servicios que ya se utilizaron pero no se abonaron.
La gestión nacional presume equilibrio fiscal pero acumula billones de pesos en facturas impagas y la recaudación se hunde hace ocho meses.
La deuda flotante ya supera los 5,6 billones de pesos, un número que marea pero que en la calle se traduce en pymes que quiebran y empleados que se quedan en la calle porque el Estado no les paga. Es un «pagadiós» gigante que destruye la cadena de pagos de los que laburan, mientras el consumo en los barrios porteños cae en picada y la industria opera a media máquina.
Lo más grave es que la recaudación tributaria lleva ocho meses consecutivos en rojo. No es casualidad: cada empresa que cierra por culpa de la falta de pago estatal es un CUIT que deja de pagar impuestos para siempre. El ajuste está canibalizando la base que lo sostiene y la economía real se achica tanto que ya no queda qué exprimir para llenar las arcas públicas.
En Wall Street ya se dieron cuenta de que este modelo de «termotanque con pérdida» tiene fecha de vencimiento. Sin reactivación y con facturas que se amontonan bajo la alfombra, el dibujo contable se vuelve insostenible. ¿Cuánto tiempo más piensan que se puede gobernar debiéndole a cada santo una vela?
La pregunta que nadie responde es qué va a pasar cuando los proveedores de salud, transporte y obra pública no aguanten más el financiamiento forzoso a tasa cero. El reloj fiscal está corriendo y el agua caliente se está acabando.
