La interna del Frente de Todos detonó por completo mientras el gobernador bonaerense se lanza como presidenciable en Córdoba bajo la furia del Instituto Patria.
El peronismo entró en fase de autodestrucción. Mientras Axel Kicillof se probaba el traje de candidato en tierras cordobesas cosechando el aplauso sindical, en Buenos Aires el cristinismo duro le declaró la guerra abierta. La consigna desde el entorno de la expresidenta es letal: o aceptan su conducción o buscan un «nuevo Cámpora», dejando en claro que el gobernador ya no es el delfín elegido sino un rebelde a disciplinar.
La tensión alcanzó niveles de «choque de trenes» tras filtrarse que el kicillofismo ya no reconoce la conducción de Cristina Kirchner y planea avanzar sin pedir permiso. La respuesta del núcleo duro no tardó en llegar, agitando la idea de que Kicillof se siente «cómodo» con la situación judicial de su jefa política, una acusación que rompe cualquier puente de diálogo posible.
Con la gestión bonaerense asfixiada por la caída de la recaudación y la suspensión de programas alimentarios, los detractores del gobernador aprovechan para minar su camino a la Casa Rosada. En el horizonte asoma el fantasma de 2003: un peronismo fragmentado yendo a las elecciones en frentes separados, una estrategia que muchos califican de suicida frente al avance libertario.
El vacío de poder y la falta de una «mesa de paz» auguran un final de mandato sangriento en la provincia. Kicillof apuesta a la gente para forzar su candidatura, mientras Cristina guarda su «bala de plata» para imponer a un delegado que le garantice obediencia ciega. La pregunta que quema en el Conurbano es una sola: ¿quién se queda con los votos si el jefe y la jefa no se hablan?
