Las empresas presentaron sus números rojos y verdes: el modelo de Caputo premia a las petroleras con ganancias récord mientras las alimenticias hacen malabares para no hundirse ante la caída del consumo.
El «vuelo» económico que prometió el ministro de Economía parece tener asientos de primera clase solo para unos pocos. Los balances del primer trimestre de 2026 en la Bolsa porteña revelan una realidad brutal: la economía no va a dos velocidades, va en dos direcciones opuestas. Mientras las energéticas como YPF y Vista Energy festejan ganancias de hasta el 58%, las empresas que ponen la comida en tu mesa, como Molinos, admiten que venden cada vez menos y solo sobreviven a fuerza de ajustar costos y despedir gente.
El contraste es obsceno para el bolsillo del vecino. Pampa Energía y Transener reportan utilidades millonarias gracias a la desregulación de tarifas que vos pagás todos los meses, pero en el rubro alimentos el pozo no tiene fondo. Molinos, el gigante de los Pérez Companc, registró su quinta caída consecutiva en ventas. Ganaron plata, sí, pero no porque vendieron más fideos o aceite, sino porque recortaron gastos por casi 20.000 millones de pesos. El ajuste lo paga el consumo básico.
La otra cara de la moneda es el endeudamiento de la clase media. El ministro Caputo se dio el lujo de «retar» a los clientes bancarios, diciendo que se sobreendeudaron por tener mentalidad de «trader», cuando la realidad de las calles porteñas muestra que la gente quema ahorros o revienta la tarjeta para pagar el súper. El Banco Supervielle ya siente el golpe con niveles de mora que se triplicaron en un año, pasando del 2% al 5,6%. La gente ya no puede pagar lo que pidió.
Incluso Mercado Libre, el mimado del Gobierno, muestra las costuras. Aunque Galperin saca pecho con el crecimiento de las ventas, los inversores le bajaron el pulgar en Wall Street por el aumento de los «incobrables». En criollo: Mercado Pago está repartiendo tarjetas a lo loco, pero el riesgo de que la gente no pueda devolver la plata es cada vez más alto. El modelo se sostiene sobre un crédito que empieza a oler a peligro.
¿Hasta cuándo se puede sostener un país donde el petróleo es oro pero el asado es un lujo? La microeconomía, la que sentís cuando vas al chino del barrio o pagás las expensas, está crujiendo. El riesgo país puede perforar los 500 puntos y los bonos pueden subir, pero si el consumo de alimentos sigue cayendo, el despegue de Caputo podría terminar en un aterrizaje forzoso para todos.
La duda que queda flotando en la City es si este esquema de «ganadores y perdedores» es sostenible políticamente o si el mal humor social terminará pinchando el globo financiero del oficialismo.
