Mientras la UBA denunció un desfinanciamiento histórico frente a una multitud, en Casa Rosada ignoraron el reclamo y se refugiaron en cifras oficiales que la gente tilda de ridículas.
La desconexión entre el asfalto y los despachos oficiales llegó a un punto crítico tras la cuarta movilización universitaria que desbordó el centro porteño. Mientras los drones mostraban una marea humana imposible de ocultar, el círculo íntimo del Presidente se dedicó a filtrar internas palaciegas y a minimizar la convocatoria, adjudicándole un carácter puramente partidario para evitar dar respuestas sobre el presupuesto.
El cinismo oficial no tiene límites: pasaron de contar apenas 135.000 personas a publicar afiches de «película» para señalar a la oposición, ignorando a los miles de autoconvocados que caminaron por la educación pública. En los pasillos de Balcarce 50 prefieren hablar de las peleas entre Santiago Caputo y Karina Milei antes que reconocer que el humor social en la Ciudad empezó a crujir tras los últimos escándalos.
La apuesta de los libertarios es peligrosa y divide a la sociedad porteña: creen que si la economía rebota en junio, el desprecio por la universidad pasará al olvido. Pero el ninguneo sistemático a los estudiantes y docentes podría ser el bumerán que finalmente golpee la imagen de una gestión que se siente intocable detrás de sus pantallas de redes sociales.
¿Hasta cuándo pueden ignorar una plaza llena con el argumento de que son todos «zurdos» o «casta»? La realidad parece ir por un carril y el discurso oficial por otro, dejando a los vecinos de CABA en medio de una guerra de egos que no paga las cuentas de las facultades.
La moneda está en el aire y la calle ya dio su veredicto. Ahora queda ver si el Gobierno puede sostener el relato frente a un descontento que ya no es solo de los dirigentes de siempre, sino de los propios votantes que empiezan a dudar.
