El Indec confirmó un 2,6% para el último mes y estalló la polémica por el costo de vida que no cede mientras los servicios y el transporte siguen por las nubes en la Ciudad.
El número oficial finalmente salió a la luz: 2,6% de inflación en abril. Aunque el Gobierno intenta venderlo como un éxito tras diez meses de subas, la realidad en la calle dicta otra sentencia. El bolsillo porteño no siente el alivio porque los aumentos se ensañaron con los gastos fijos que nadie puede evitar.
El transporte lideró las subas con un cachetazo del 4,4%, seguido de cerca por la educación. Mientras tanto, en los barrios de la Capital, la vivienda y las tarifas de luz y gas se llevaron la mayor parte del presupuesto mensual. Es una economía que se frena pero que sigue quemando ahorros con precios que parecen haber encontrado un piso imposible de quebrar.
Las consultoras ya hablan de una «estabilidad mediocre». Es el peor de los mundos: los precios no bajan a niveles normales y la actividad económica está planchada. Las multinacionales miran los balances con lupa y todavía catalogan al país como una zona de riesgo hiperinflacionario, mientras el consumo interno pelea por no desaparecer.
La pregunta que circula en cada esquina es hasta cuándo se puede aguantar este nivel de precios con salarios que miran la carrera desde atrás. El acumulado del año ya trepó al 12,3%, superando lo que el propio Gobierno había prometido para todo el 2026. La meta se rompió antes de llegar a la mitad del camino.
El escenario para mayo no promete milagros. Con los combustibles volviendo a subir y los alquileres por el techo, la sensación de que la inflación se «estacionó» en un nivel altísimo genera una tensión que no se resuelve con planillas de Excel. El debate por el empleo y la estabilidad social ya está instalado y no hay margen para más errores técnicos.
