Mientras el Gobierno festeja números estadísticos en las redes sociales, los gastos fijos devoran los salarios porteños y la morosidad trepa a niveles que no se veían desde la crisis del 2004.
El relato oficial de la reactivación económica chocó de frente contra la realidad de los mostradores y las cajas registradoras de la Ciudad de Buenos Aires. El Ministerio de Economía intenta sostener un clima de optimismo basándose en repuntes de sectores concentrados, pero el humor social cambió de velocidad porque el dinero disponible para el consumo diario se redujo drásticamente tras los brutales aumentos en alquileres, tarifas y transporte.
Los datos duros desarmaron la fantasía digital: el ingreso real de las familias quedó un doce por ciento por debajo de los promedios históricos debido a que los gastos fijos treparon un cuatro por ciento por encima de la inflación. La consecuencia directa es un ahogo financiero que se traduce en un récord de cuentas en rojo, al punto que el Banco Nación tuvo que duplicar sus planes de salvataje para más de ciento setenta mil clientes con tarjetas de crédito totalmente colapsadas.
La tensión ya no es una percepción, sino una realidad que se mide en los puestos de trabajo que se pierden silenciosamente en las oficinas y comercios de la Capital Federal. El peronismo y las distintas terminales de la oposición aprovechan el desorden de una interna oficialista que ya no se puede tapar, esperando que el impacto de las heladeras vacías termine de desgastar la paciencia de los sectores que sostuvieron el proyecto libertario.
La audacia del Ejecutivo nacional se pondrá a prueba con las nuevas medidas regulatorias que contemplan la quita de subsidios al gas para más de un millón y medio de usuarios. La discusión en las calles porteñas ya abandonó las chicanas de la militancia virtual para centrarse en lo básico: sobrevivir al ajuste antes de que la deuda familiar se vuelva completamente impagable.
