A 117 años del estreno de La Revolución de Mayo, la primera película argumental del país, la industria audiovisual nacional ensaya nuevas narrativas para procesar el presente. Mientras directores independientes recurren al cine de género y el terror metafórico para canalizar la incertidumbre social, las plataformas de streaming se consolidan como los nuevos polos de financiamiento para los proyectos de autores consagrados.
La cinematografía nacional conmemora este fin de semana su hito fundacional en un escenario signado por la transformación profunda de sus estructuras de producción y la emergencia de estéticas ligadas al malestar contemporáneo. El 23 de mayo de 1909 se estrenaba La Revolución de Mayo de Mario Gallo en el Teatro Ateneo, una producción de apenas cinco minutos que inauguró la tradición local de reflejar los procesos históricos y políticos en la pantalla grande. Tras transitar periodos dorados de fuerte compromiso social, como la posdictadura inspirada por el éxito de La Historia Oficial de Luis Puenzo o la irrupción estética del Nuevo Cine Argentino a finales de los noventa con obras rupturistas de la talla de Pizza, Birra y Faso de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro, las producciones actuales se debaten en un mercado fuertemente polarizado. Los analistas del sector señalan que la grieta principal divide hoy a las producciones financiadas por gigantes del streaming de aquellas de carácter estrictamente independiente que encuentran su validación en el circuito de festivales internacionales.
En este complejo contexto socioeconómico, el cine de autor y de guerrilla experimenta un marcado viraje hacia relatos de tintes oscuros y climas opresivos, utilizando la alegoría para denunciar problemáticas cotidianas como la escasez de recursos y el desamparo institucional. Películas de reciente estreno o con recorrido en festivales como el BAFICI, entre las que destacan Los Nadadores de Sol Iglesias SK y La Noche Está Marchándose Ya de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, comparten un denominador común basado en el temor al futuro y las atmósferas apocalípticas. Esta tendencia encontró su catalizador comercial definitivo tras el fenómeno de Cuando Acecha la Maldad de Demián Rugna, largometraje que se posicionó como la producción de terror más taquillera de la historia del cine local y abrió las puertas a una legión de creadores que abordan el horror rural o sobrenatural, tales como La Virgen de la Tosquera de Laura Casabé y 1978 de los hermanos Onetti, donde los monstruos y las energías oscuras sirven como vehículos para procesar crisis económicas o traumas familiares colectivos.
Frente a las dificultades presupuestarias que atraviesa el fomento público tradicional a través del INCAA, las miradas de los realizadores se vuelcan hacia las alianzas comunitarias y las propuestas de inversión privada internacional para garantizar la supervivencia del sector. Mientras las salas comerciales sufren la fuerte competencia de tanques globales de entretenimiento, espacios alternativos registraron un crecimiento del 20% en la venta de entradas del BAFICI, demostrando la vigencia de un público que demanda miradas singulares. Asimismo, plataformas como Netflix absorben parte del talento autoral más codiciado mediante el anuncio de proyectos de gran envergadura, incluyendo el largometraje El Sobrino de Damián Szifron y la serie de ficción Gordon bajo la dirección de Pablo Trapero. De esta manera, entre la épica del cine independiente que resiste con recursos mínimos y las nuevas lógicas del mercado globalizado, la industria audiovisual argentina reafirma su histórica resiliencia para seguir transformando las crisis cíclicas del territorio en materia prima artística.
