La lógica indicaba que el asedio turco terminaría rompiendo la paridad, pero el fútbol, y especialmente el Paraguay de Gustavo Alfaro, se mueve por otros carriles. En una jornada que quedará grabada en la retina del hincha guaraní, la Albirroja venció 1-0 a Turquía en un final de infarto y se clasificó a la siguiente ronda del Mundial 2026. Con un hombre menos durante todo el segundo tiempo y bajo un asedio constante, el equipo demostró que la «utopía imposible» es, para este grupo, un territorio conocido.
Un arranque soñado y la batalla de supervivencia
El partido no pudo empezar mejor. Apenas corrido el primer minuto, Matías Galarza Fonda recibió afuera del área y sacó un bombazo inatajable que desató la locura paraguaya. El 1-0 tempranero obligó a Paraguay a ejecutar su libreto preferido: orden táctico, líneas juntas y una disciplina férrea para desactivar el juego asociativo turco.
Sin embargo, el destino puso una prueba de fuego antes del descanso. Tras una tensa discusión, Miguel Almirón fue expulsado por una supuesta frase fuera de lugar, dejando al equipo con diez jugadores y un segundo tiempo que prometía ser una trinchera.
El show de Orlando Gill: el arquero que se hizo gigante
El complemento fue una lección de estoicismo. Turquía, empujado por la necesidad y la superioridad numérica, cercó el arco de Orlando Gill, quien terminó consagrándose como la figura indiscutida del encuentro. Ante los misiles de Demiral, las arremetidas de Yildiz y los cabezazos a quemarropa de Deniz Gül, Gill respondió con una seguridad asombrosa, negando el empate en cada rincón del área.
El momento culminante ocurrió sobre el final. Al minuto 89, un centro venenoso dejó a Deniz Gül frente al arco vacío tras un rebote, pero el delantero turco, quizás abrumado por la presión de la gesta guaraní, definió desviado. Fue el último suspiro de un partido que Paraguay supo sufrir y ganar con el corazón.
La marca Alfaro: prohibido rendirse
Con esta victoria, la Albirroja no solo elimina a un rival de peso, sino que reafirma el sello de su entrenador: un equipo que entiende perfectamente sus limitaciones y las potencia a través de una entrega física y mental innegociable. Alfaro logró construir un bloque donde cada hombre es una muralla y cada contragolpe, una puñalada. Paraguay sigue soñando en grande, recordándole al mundo que, mientras el reloj siga corriendo, a este equipo no se lo puede dar por muerto.
