Un informe de la UCA revela que el 53,6% de los menores es pobre y casi el 30% tiene problemas graves para alimentarse todos los días.
Los datos de la Universidad Católica Argentina (UCA) acaban de confirmar lo que se ve en cada esquina de la Ciudad: seis de cada diez chicos no tienen sus necesidades básicas cubiertas. Es una cifra que debería quemar, porque detrás del porcentaje hay millones de adolescentes y niños que arrancan su vida con la cancha totalmente inclinada mientras la dirigencia sigue en su burbuja.
Lo más escandaloso del reporte es el hambre. Casi el 29% de los pibes sufre inseguridad alimentaria, lo que en criollo significa que en su casa no saben si hay cena. Aunque el Gobierno quiera vender una supuesta mejora respecto al desastre del 2023, la realidad es que seguimos mucho peor que hace diez años. ¿Cómo se explica que la asistencia alimentaria tenga que cubrir al 64% de los chicos para que no se mueran de hambre?
La indigencia, que es la miseria más extrema, golpea al 10,7% de los menores. Si bien bajó respecto al pico del año pasado, sigue siendo un número inaceptable para un país que produce comida para medio mundo. Lo que nadie dice es que mientras los discursos hablan de futuro, las transferencias de dinero como la AUH cayeron más de tres puntos, dejando a miles de familias a la deriva.
Este escenario no es una crisis pasajera, es un fracaso estructural que hipoteca el futuro de Buenos Aires y de todo el país. La brecha social se agiganta y las soluciones de fondo no aparecen por ningún lado. La paciencia de la calle tiene un límite cuando lo que está en juego es el plato de comida de los más vulnerables.
La pregunta que queda es hasta cuándo se va a normalizar que la mitad de la próxima generación crezca en la exclusión total.
