Un megaoperativo coordinado entre dieciocho provincias y más de quince países logró desarticular nodos de abuso sexual infantil con centro en territorio porteño.
La Ciudad de Buenos Aires se convirtió en el epicentro de un escándalo mundial tras los masivos allanamientos que terminaron con catorce personas tras las rejas. La Policía de la Ciudad, bajo las órdenes de la fiscal Daniela Dupuy, irrumpió en domicilios porteños secuestrando dispositivos electrónicos cargados de material aberrante, en una cacería humana que se extendió desde Brasil hasta España.
El despliegue en Capital Federal fue la pieza clave de una investigación que abarcó casi toda la Argentina y gran parte de Latinoamérica. Mientras el Jefe de Gabinete, Gabriel Sánchez Zinny, celebra el golpe contra la explotación de menores, la cifra de veintiséis detenidos a nivel nacional deja a la vista la escala de una red que operaba con total impunidad en las narices de todos.
La indignación ciudadana crece al conocerse que el material secuestrado no solo circulaba localmente, sino que formaba parte de una industria global de horror digital. La fiscalía informática ahora corre contra el reloj para peritar miles de archivos que podrían revelar conexiones aún más profundas con organizaciones criminales internacionales dedicadas al tráfico de inocentes.
En una Buenos Aires que hoy amanece con catorce celdas ocupadas por presuntos abusadores y distribuidores de material ilegal, la pregunta que quema es cuántas de estas redes siguen operativas en los barrios. El megaoperativo asfixia a los delincuentes, pero la sensación de que el peligro está a un click de distancia de los chicos es una herida abierta.
La justicia promete ir a fondo contra todos los eslabones de esta cadena siniestra. Mientras tanto, la comunidad espera que estas detenciones sean apenas el inicio de una limpieza profunda de las plataformas digitales donde se esconden los peores depredadores.
