El desplome del índice de confianza del consumidor desata la furia presidencial en una Casa Rosada fracturada entre los «puros» de Karina y los ex PRO que exigen pragmatismo político.
El termómetro social no miente y la calle porteña empieza a pasar factura. Con un índice de confianza que perforó pisos históricos, Javier Milei prefiere apuntar contra el periodismo antes que mirar las góndolas, mientras en los pasillos oficiales la grieta interna es total. De un lado, los que quieren «pintar de violeta» el país; del otro, quienes advierten que sin política la economía no arranca.
El blindaje a Manuel Adorni y la salida silenciosa de funcionarios con cuentas dudosas en el exterior exponen una doble vara que genera ruido en el Congreso. Mientras el Gobierno intenta colonizar Comodoro Py para cubrirse las espaldas, los aliados advierten que no habrá cheque en blanco para las reformas que pretenden eliminar las PASO.
Toto Caputo ya lo dice en la intimidad: si la política no acompaña, la reactivación se frena. El ministro de Economía sabe que el orden macro no alcanza para llenar la heladera si el internismo entre los hermanos presidenciales y el ala política sigue sumando errores no forzados que espantan a los inversores.
La disputa por el 2027 ya empezó y nadie quiere ceder terreno. ¿Entregará Karina Milei la Capital a Bullrich o la Provincia a Santilli? El armado de candidatos «puros» avanza a paso firme, ignorando las señales de alerta de un electorado que empieza a mostrar signos de agotamiento frente a las promesas de largo plazo.
La moneda está en el aire y el desánimo no es una conspiración mediática, sino una realidad palpable en cada barrio. El Gobierno se encierra en su propio laberinto mientras la presión social y la falta de acuerdos parlamentarios amenazan con estancar un modelo que no admite críticas internas ni externas.
