Marco Rubio desestimó el giro estratégico que esperaba el Gobierno y confirmó que Washington no dejará de apoyar a los británicos.
Se terminó el sueño de la «alineación total» que nos iba a devolver las islas por arte de magia. En un movimiento que deja en offside al discurso oficial, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, barrió de un plumazo las expectativas libertarias al asegurar que el supuesto apoyo de Washington a la soberanía argentina fue apenas un malentendido de oficina.
La filtración de un correo del Pentágono que sugería una revisión del respaldo al Reino Unido resultó ser humo puro. Mientras en Buenos Aires el presidente Milei se entusiasmaba hablando de hacer lo «humanamente posible» y citaba frases con cerebro frío, desde el diario inglés The Telegraph le bajaron el precio a la ilusión: Rubio aclaró que se trató de un simple mail con ideas sueltas y que nadie debería exaltarse.
La realidad golpea donde más duele: Estados Unidos ratificó su neutralidad, que en el lenguaje diplomático significa seguir reconociendo la administración británica de facto. No importó el esfuerzo por mostrarse como el mejor alumno de Donald Trump ni la retórica del canciller Pablo Quirno; para la Casa Blanca, la alianza con Londres pesa más que cualquier gesto de buena voluntad del gobierno argentino.
Este revés llega justo cuando el Reino Unido se plantó ante los intentos de presión norteamericanos por la guerra en Medio Oriente. A pesar de esos chispazos entre Trump y el primer ministro Starmer, el apoyo de Estados Unidos a la ocupación en el Atlántico Sur no se mueve un milímetro, dejando a la Argentina en el mismo lugar de siempre: el de las declaraciones fuertes que no mueven la aguja internacional.
La pregunta que ahora quema en las calles de la Capital es si la estrategia de alineamiento ciego está dando algún fruto real o si nos estamos quedando solos con el discurso. ¿Sirve de algo el «corazón caliente» si del otro lado solo recibimos respuestas gélidas?
