En un año donde las superproducciones de estudio suelen apostar al despliegue visual y la violencia explícita, el cine de terror ha dado un giro inesperado. Backrooms: sin salida, la apuesta de A24 que se ha convertido en el éxito comercial y cultural más perturbador de 2026, no necesitó de grandes monstruos ni presupuestos faraónicos para aterrorizar a las audiencias. Su mérito radica en haber llevado al lenguaje cinematográfico una angustia que nació, hace ya siete años, en la oscuridad de los foros de Internet.
El concepto, que hoy es un fenómeno global, tiene raíces humildes: la «liminalidad». No hablamos de la clásica casa embrujada, sino de esos espacios de transición —oficinas vacías, pasillos infinitos, zonas abandonadas con alfombras gastadas y luz fluorescente— que nos generan una extraña sensación de desolación y desconexión con la realidad.
Del anonimato de 4chan al éxito de taquilla
La idea original emergió en 2019 desde las profundidades del foro 4chan. Fue allí donde un usuario anónimo compartió una imagen inquietante de una oficina desierta, acompañada de una leyenda que se convertiría en mito fundacional: «Si no tienes cuidado y te sales de la realidad mediante un ‘noclip’ en las zonas equivocadas, acabarás en los backrooms».
El término noclip, extraído del argot de los videojuegos para describir un fallo técnico que permite atravesar paredes, se transformó en la metáfora perfecta para el horror moderno. Lo que comenzó como un hilo de debate sobre imágenes «extrañas» escaló rápidamente hasta convertirse en una mitología propia, llena de niveles, entidades acechantes y una atmósfera de claustrofobia existencial que capturó la imaginación de millones de internautas.
¿Por qué nos aterra lo cotidiano?
A24, siempre atento a los cambios de paradigma en la cultura popular, supo leer esta tendencia. Al contratar a figuras como Chiwetel Ejiofor para protagonizar Backrooms, la productora no buscó un blockbuster de acción, sino una experiencia de «terror susurrado». La película logra capitalizar esa sensación de que, en cualquier momento, la realidad podría fallar y dejarnos atrapados en un laberinto estático y sin salida.
Para el espectador, el impacto es inmediato. El póster promocional —una simple pared de papel tapiz amarillo mostaza— es suficiente para disparar la ansiedad de quienes crecieron viendo esta estética en el mundo digital. Es el triunfo del terror psicológico sobre el efecto especial: la capacidad de convertir un entorno cotidiano y mundano en una pesadilla de la que es imposible despertar.
