El Gobierno rompe décadas de tradición pacífica para sumarse a la «cruzada» militar de Estados Unidos en la región.
La Argentina acaba de jubilar la Doctrina Drago para subirse al portaaviones de Donald Trump sin beneficio de inventario. Mientras la Casa Rosada festeja ataques a centrales nucleares y capturas militares en países vecinos, el país queda expuesto como el «cliente» preferido de un Pentágono que ya no busca aliados, sino ejecutores para sus misiones más calientes en el continente.
La firma del acuerdo «Escudo de las Américas» en Florida no es un papelito más; es la entrega de nuestras Fuerzas Armadas para que funcionen como una guardia nacional a pedido de Washington. El plan es claro: operacionalizar la fuerza militar para combatir el narco-terrorismo, una etiqueta tan elástica que mañana podría servir para justificar cualquier intervención en el patio trasero de Estados Unidos.
Lo que nadie te cuenta es el peligro de convertir a nuestros militares en «combatienetes del crimen». Al meter al Ejército en seguridad interior para perseguir carteles, Milei copia modelos que en otros países solo trajeron ríos de sangre y fuerzas armadas politizadas. ¿Estamos preparados para que un error de cálculo en una «misión conjunta» nos convierta en blanco de conflictos que no nos pertenecen?
Para colmo, la obsecuencia es total. Desde el apoyo a los bombardeos en centrales nucleares de Irán hasta el silencio cómplice ante ejecuciones en el Caribe, Argentina hoy avala lo que la ONU ya tildó de inaceptable. El Presidente juega a la guerra y dice «vamos a ganar», como si los misiles no distinguieran entre un discurso de stream y la realidad de un país vulnerable y sin defensa propia.
La pulsión belicista de esta gestión nos aleja de la paz para comprarnos un problema global. ¿Vale la pena rifar la neutralidad histórica por un aplauso de Trump en Mar-a-Lago?
