El presidente Javier Milei intentó bajarle el tono a las durísimas críticas del arzobispo García Cuerva sobre la parálisis social y aseguró que las declaraciones «abren un debate» para salvar la visita papal de noviembre.
El juego de la política y la religión en la Ciudad de Buenos Aires se convirtió en un verdadero ring de boxeo disimulado con guantes de seda. El presidente Javier Milei salió a declarar que no se sintió para nada atacado por el demoledor discurso del arzobispo Jorge García Cuerva durante el Tedeum en la Catedral Metropolitana, intentando instalar que las duras palabras de la Iglesia son apenas una «oportunidad de discusión» constructiva. El oficialismo ensaya una pirueta retórica insólita para digerir un sermón que expuso con crudeza la falta de trabajo, de educación y el sufrimiento de los sectores más postergados del país. ¿De verdad nos quieren hacer creer que un reclamo por el hambre y la miseria es solo un debate teórico para escuchar por radio?
La homilía eclesiástica caló hondo en la opinión pública porteña al exigirle a la clase dirigente que abandone de una vez el lenguaje hiriente, las calumnias y el juicio inmediato que tanto abundan en la comunicación oficialista. García Cuerva describió una realidad incontrastable: miles de ciudadanos postrados al borde del camino, paralizados en su dignidad y sin fuerzas para seguir sosteniéndose. Pero el jefe de Estado, lejos de acusar el impacto, decidió bajarle el precio al reclamo argumentando que el mensaje «es entendible desde su posición», una forma elegante de ningunear la advertencia del clero.
El trasfondo de tanta amabilidad sobreactuada tiene una explicación muy clara: el Gobierno nacional está desesperado por abrochar la visita del papa León XIV para el mes de noviembre. En los despachos oficiales saben perfectamente que la máxima autoridad del Vaticano jamás pisaría suelo argentino en medio de una guerra abierta con la Casa Rosada, por lo que el armado de este «acting» de convivencia pacífica resulta vital para los planes de la Cancillería. El propio mandatario ya se apuró a pronosticar que, salvo alguna desgracia, el viaje del Sumo Pontífice va a realizarse gracias a las gestiones diplomáticas del canciller Pablo Quirno.
Mientras el Ejecutivo nacional intenta maquillar la tensión para cuidar la agenda internacional, el debate por las responsabilidades de la crisis social quema en los comedores y en las calles de la Capital Federal. La estrategia oficial de sonreír ante el reto eclesiástico busca desactivar la bomba política, pero los cuestionamientos por la falta de oportunidades reales siguen pesando con la misma fuerza.
La tregua está firmada en los micrófonos, pero la distancia entre los despachos gubernamentales y los altares de la Iglesia es cada vez más grande. ¿Cuánto tiempo se puede sostener esta cordialidad forzada antes de que la realidad social dinamite el pacto de cara a fin de año?
