El sector textil vive su peor pesadilla con un desplome histórico en las ventas y una invasión de importados que deja a miles de familias en la calle. Marcas emblemáticas al borde del abismo y fábricas que son hoy pueblos fantasma.
La ropa argentina se está quedando sin quien la cosa. La industria textil atraviesa un proceso de destrucción que no tiene precedentes cercanos: en apenas un año, la actividad se derrumbó un 33,2% y la fabricación de tejidos cayó casi un 50%. No son solo números de una planilla del INDEC; son persianas que bajan para siempre y máquinas que se apagan. Con la capacidad instalada funcionando a un miserable 24%, el sector advierte que la competencia desigual con los productos importados y el parate total del consumo están borrando del mapa a un rubro clave para el trabajo nacional.
El panorama es desolador y los datos de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) son una bofetada a la realidad: enero de 2026 fue el peor mes desde que se tiene registro. Mientras las góndolas se llenan de artículos de afuera, los productores locales denuncian que es imposible competir con costos que vuelan y ventas que desaparecieron. La postal de las fábricas hoy es de galpones vacíos y trabajadores que ven cómo sus puestos de trabajo se evaporan semana a semana.
La crisis ya se cobró una cifra escalofriante: más de 20.000 puestos de trabajo formales desaparecieron desde fines de 2023. Solo en el último año, 12.000 familias perdieron su sustento en los sectores de confección, cuero y calzado. Es una hemorragia de empleo que no se detiene desde febrero de 2024 y que parece no tener piso. ¿Qué se espera de un sector que solo puede usar una cuarta parte de lo que tiene para producir?
Lo más grave es que el golpe afecta a marcas emblemáticas que hoy se encuentran en concurso de acreedores o directamente al borde de la desaparición. La «mayor competencia» de los importados, sumada a una clase media que ya no puede comprarse ni una remera, generó el combo perfecto para el desastre. Mientras el Gobierno celebra ciertos indicadores, el corazón de la industria nacional está en terapia intensiva y sin respirador.
Para los empresarios y gremios del sector, la situación es límite. Si no se frena la apertura indiscriminada y no se reactiva el mercado interno, lo que hoy es una crisis sectorial se convertirá en un desierto productivo. La industria textil fue históricamente la primera en reaccionar, pero también es la primera en sentir el rigor de políticas que privilegian lo de afuera por sobre lo nuestro. El tiempo se agota y las máquinas no esperan.
El informe del INDEC es el certificado de defunción para muchas PyMEs que ya no aguantan más. La pregunta es qué pasará con esos 100.000 trabajadores que resisten en el sector: ¿Habrá un plan de salvataje o el destino de la ropa argentina es convertirse en un recuerdo de etiqueta importada?
