El presidente estadounidense cerró su visita a Beijing sin acuerdos concretos sobre la guerra en Irán ni el conflicto comercial, aunque celebró el «respeto» recibido por el régimen chino.
La gira relámpago de Donald Trump por China terminó como muchos vaticinaban: mucha puesta en escena y nulos resultados para el bolsillo del contribuyente. El gobierno de los Estados Unidos buscaba que el gigante asiático presionara a Irán para frenar la guerra en Medio Oriente, pero se llevó apenas una palmada en la espalda y la promesa de que el estrecho de Ormuz seguirá abierto. Xi Jinping jugó de local, desplegó bandas militares y escolares con banderas, logrando que el magnate se fuera hablando de una «relación sólida» que, en los papeles, no muestra ni un solo avance real.
Lo que nadie está diciendo es que el líder chino aprovechó la visita para marcarle la cancha al gobierno de Trump con una advertencia inusualmente directa sobre Taiwán. Xi dejó claro que cualquier movimiento en falso de Washington será considerado una declaración de conflicto, poniendo en peligro la estabilidad global. Mientras Trump se distraía con los jardines imperiales y brindaba con champán —pese a ser abstemio—, la delegación china se mantuvo firme en su postura de no suministrar armas ni ceder ante las demandas norteamericanas sobre el petróleo iraní.
En cuanto a la economía, los anuncios parecen más humo que realidad. El gobierno estadounidense festejó la supuesta compra de 200 aviones Boeing y productos agrícolas por miles de millones, pero el gobierno de China guardó un silencio sepulcral y no confirmó ni una sola cifra. La jugada de la Casa Blanca de anunciar ventas de soja que ya estaban pactadas desde el año pasado suena a manotazo de ahogado para intentar vender un triunfo que no existe.
El presidente regresó a Washington fascinado por el trato de «rey» que le dieron en Beijing, pero los problemas estructurales de la relación bilateral siguen intactos. China demostró que sabe cómo manejar el ego de su invitado mientras protege sus intereses estratégicos sin ceder un centímetro. Al final del día, el mundo sigue en vilo por la incertidumbre económica y la guerra, mientras los dos líderes más poderosos del planeta se limitan a decir que se llevan bien frente a las cámaras.
